sábado, 22 de febrero de 2014

En sociedades urbanas pareciera  sostenerse en la generalidad el pensamiento  de que la naturaleza ha logrado ser  dominada y reducida mediante el recubrimiento de las superficies vegetales.  Crece la sensación de que ésta puede maniobrarse  para adaptarla conforme  las necesidades (o deseos) espaciales y de consumo  que el hombre urbanizado plantea. Ahora bien, la vida humana desde que ha tomado conciencia de los ciclos que la naturaleza cumple sin interrupción ha generado un sin número de estrategias para  hacer uso de los recursos naturales de forma provechosa.  Pudiendo manipular estas situaciones se ha internalizado tácitamente la idea de que la naturaleza puede  domesticarse y de que el hombre puede adelantarse a sus posibles movimientos a causa de sus repetitivos ciclos.

 Es preciso cuestionarse si realmente se puede controlar  la naturaleza y adaptarla al hombre como si este debiera encargarse de su gestión en lugar de una situación que se da, claro está, “naturalmente”. Los espacios vegetales dejan de vivirse como un hábitat y quedan sujetos a las diligencias humanas.


  Sin embargo debe considerarse un posible  estado de latencia donde, a pesar de que se presuma su reducción, la naturaleza se hace  presente en todo momento rebrotando en donde se pensaba que se había logrado poner freno. 

La partitura

Puestos con ropas,
golosinas, cámaras fotográficas,
zapatos baratos, anteojos de sol, etc. 
Y más: personas esperando colectivos
que parten hacia lugares determinados;
trenes repletos que fuera de horario
ya no pueden representar el progreso.
El cielo, cubierto de humo,
 vale menos que la tierra.
Es definitivo,
acá la naturaleza bajó los brazos
o está firmemente domesticada en los canteros.

Fabian Casas.


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